Desde hace seis meses Rosa María Torres dirige desde Buenos Aires la programación educativa para América latina y el Caribe de la Fundación Kellogg. Su contacto con la enseñanza comenzó en su Ecuador natal donde se inició en la educación no formal y se desempeñó como profesora de escuela media y de la universidad, en Quito. Obtuvo la licenciatura en Ciencias de la Educación y cursó el doctorado de Lingüística, este último en México. Su experiencia en el campo de la educación básica se nutre en el conocimiento de varios países de la región y en sus últimos cinco años en Nueva York, como asesora de políticas educativas de UNICEF a nivel mundial. Además, desde hace siete años, escribe cada domingo una página sobre educación en el diario El Comercio, de Quito, donde se destaca por su capacidad de explicar fácilmente temas difíciles y por su agudo análisis de la actualidad educativa.
Zona Educativa: ¿Cómo nace su interés por los temas educativos?
Rosa María Torres: Mi primera experiencia como profesora, a los 20 años, me dejó una claridad enorme de que me gustaba enseñar. El rotundo éxito que tuve con mis alumnas me mostró el gran poder que se puede tener como educador. Le doy muy poco valor a mi licenciatura en Ciencias de la Educación: lo más importante que he aprendido lo he aprendido después, en el contacto con la gente, con el trabajo. Y, fundamentalmente, lo que aprendí a reconocer virtualmente como problemas en el campo de la educación tiene que ver con mi propia identidad como madre de familia.
Mi crítica al modelo escolar tradicional no tiene que ver con un solo país, ni con la escuela publica únicamente. Mis dos hijos han estudiado fundamentalmente en escuelas particulares, muchas de ellas caras y prestigiosas. Lo cierto es que la educación privada tiene vicios muy semejantes a los de la escuela estatal. Siempre discuto con la gente que habla de los problemas de la enseñanza como si éstos fuesen exclusivos de la escuela pública.
ZE: ¿Qué puntos comunes existen en la educación de América latina?
RMT: Las necesidades son muy similares, pero las respuestas tienen que ser muy específicas en cada contexto, en cada país. A lo largo de estos años aprendí mucho acerca de la falacia de la importación de modelos educativos. La experiencia del otro siempre es muy útil y hay que aprovecharla, pero las soluciones deben ajustarse a cada contexto.
ZE: ¿Qué papel cumple el maestro en los sistemas educativos de nuestro continente?
RMT: Los propios datos de la realidad revelan la escasa importancia que se ha dado a los maestros en nuestros países, a pesar de la retórica. Todos sabemos que el discurso grandilocuente sobre los maestros como apóstoles de la educación tiene poco reflejo en la realidad. Hoy en día el gran talón de Aquiles de la educación y de toda posibilidad de trasformarla pasa por repensar globalmente y ser consecuentes con el diagnóstico que se haga de la situación docente.
ZE: ¿Cuáles serían los principales vicios de esta situación?
RMT: En la formación y capacitación docente sigue prevaleciendo un credencialismo fuerte, donde -como en el aparato escolar- importan más los puntajes y los diplomas que el aprendizaje mismo y su utilidad. Ésa no es la manera de encarar procesos de aprendizaje continuos como el que requeriría una auténtica profesionalización docente. Ésta, por lo demás, no tiene que ver únicamente con el saber y el saber hacer, sino con las condiciones de trabajo.
Hasta qué punto se tomará en serio en esta región el ya trillado estribillo de la "revalorización docente" es aún un asunto por verse.
Uno de los déficit de las reformas educativas actuales es que siguen respondiendo a los esquemas verticales y vanguardistas del pasado.
Los docentes tienen que ser protagonistas y copartícipes de una revisión de fondo de los sistemas educativos como la que se requiere en nuestros países. Los docentes no son únicamente víctimas, son corresponsables y cómplices de esta situación, y en sus manos está parte de la respuesta al problema.
Me parece que la consigna de "revalorizar al docente" no es la más apropiada. "Re" es volver a una situación pasada, pero no hay posibilidades de volver atrás. El maestro idealizado de las odas e himnos escolares poco tiene que ver con el maestro de hoy; las condiciones son muy distintas, la escuela es distinta, los padres y los alumnos piden de la escuela cosas distintas. La respuesta está en el futuro, no hacia atrás; no se trata tanto de revalorizar al maestro como de construir un nuevo tipo de maestro en el proceso de reconstruir un nuevo tipo de educación.
ZE: ¿Los padres están lejos de la escuela?
RMT: Siempre lo han estado. Además los espacios abiertos a la participación son mínimos. Los padres de familia, incluso en planteles privados, tenemos escasas posibilidades de opinar, mucho menos de proponer acerca de cómo desearíamos que fuera la educación de nuestros hijos.
Mientras las sociedades cambiaron a ritmos acelerados, en las últimas décadas el aparato escolar permaneció relativamente inalterado, como protegido en una urna de cristal. Siempre se menciona que "la comunidad" debe participar en "la escuela", como si fuesen entidades separadas. En realidad la escuela es (debería ser reconocida como) parte de la comunidad.
Dentro de las cuatro paredes del aula puede pasarse por las materias sin contacto alguno con la realidad exterior, puede jamás hablarse de lo que se ve en la TV, de lo que ocurre en el hogar, en el barrio, en la sociedad.
Señalar con el dedo a los maestros por el déficit que todos reconocemos en el sistema es una manera fácil de sacarse de encima el problema, que es de toda la sociedad. Cada país tiene el sistema educativo que se merece: el que construyeron padres, alumnos, docentes, intelectuales, autoridades, empresarios, políticos, agencias nacionales e internacionales. Los maestros y su condición son el resultado de decisiones tomadas por otros: quiénes son, cuánto ganan, qué aprenden, qué enseñan.
El sistema escolar que conocemos fue pensado para niños de clase media, urbanos y con padres educados, con madres de tiempo completo que ayudan a hacer tareas y están pendientes de los pedidos del hijo y de la escuela. Es hora de volver a interrogarse sobre aquellas cosas que hemos dado por obvias; nada tiene por qué ser como es: por qué hay clases de lunes a viernes y con ese horario, por qué los pizarrones son verdes, por qué las aulas son cuadradas, por qué se enseñan esas materias y no otras, por qué se enseña sólo dentro del edificio escolar... Todo es replanteable. Precisamente lo que necesitamos es aceptar la idea de una escuela diversa, ajustada a las necesidades y posibilidades específicas de cada grupo y para cada contexto; no la escuela uniforme, igual para todos, que en verdad discrimina y produce frustración y fracaso.
ZE: ¿Sólo la escuela tiene la misión de enseñar?
RMT: El gran reto de la educación es aceptar de veras que la escuela no puede -nunca pudo- enseñarlo todo. Esto está muy dicho en el discurso de los especialistas pero aún no llegó a permear a la sociedad. Los padres le siguen pidiendo todo a la escuela. Los maestros siguen actuando como si supieran -o debieran saberlo- todo.
La brecha entre el saber escolar y el saber socialmente producido siempre fue grande y se acrecienta dada la velocidad del conocimiento y las formas cada vez más sofisticadas de difundirlo fuera del aparato escolar. No se trata simplemente de poner computadoras en las escuelas. Hay cientos de casos de colegios equipados con modernos equipos de video y computación que están ahí sin que nadie las use, porque a menudo se instala la tecnología pero no la capacidad humana para manejarlos. Se olvida, en otras palabras, que la tecnología es sólo un instrumento.