Los variados y múltiples ejemplos que los maestros y las docentes podrían aportar acerca de “los problemas de aprendizaje que tienen los adoptivos” reclamarían la realización de un seminario, ya que esta afirmación se convirtió en un lugar común y como tal encierra riesgos, tanto para los chicos adoptivos, cuanto para los docentes que adhieren a este preconcepto sin revisarlo.
Las experiencias que puede aportarnos el magisterio nos presentan situaciones diversas: aquellas en las cuales sería posible rastrear una evidente dificultad en el aprendizaje, en otras oportunidades podríamos discutir la calificación de “trastornos” y también sería posible reconocer que esos trastornos son de la misma índole de los que sobrellevan chicos que no son adoptivos.
¿Entonces? ¿Cómo acercarse a este tema? En alguna experiencia debe haberse originado la afirmación que luego se generalizó y que terminó poniendo bajo sospecha de futuro trastorno de aprendizaje a todos los adoptivos. Esta presunción está signada por una filosofía determinista, casi fatalista que bordea lo discriminatorio. Como si la filiación adoptiva determinase el rendimiento escolar, con lo cual se posiciona a estos niños en el camino del fracaso o de las limitaciones.
Reiteradamente tuve que intervenir en situaciones en las que las maestras señalaban estos problemas de aprendizaje, y me encontré, sistemáticamente, con dos coincidencias que no son casuales:
1) un niño no informado acerca de su adopción, o incorrectamente informado, lo que autorizaba diagnosticar un conflicto en sus padres, quienes no lograban manejar el tema;
2) maestras que afirmaban como inevitables esos problemas y en lugar de ocuparse de las dificultades del niño, derivaban la responsabilidad de la misma a la condición de adoptivo.
Sin duda podrían presentarse otras variables, pero subrayo estos dos niveles de análisis por lo reiterado de su aparición.
Cuando los padres omiten o tergiversan la información acerca del origen, promueven en el niño la necesidad de bloquear toda pregunta que pueda crearle un conflicto con ellos; los chicos precisan sentirse seguros con sus padres, verificar el amor y el cuidado que éstos les proporcionan; por lo tanto, evitan avanzar con preguntas en territorios que advierten que son conflictivos.
Entonces inhiben su capacidad de preguntar, su curiosidad y de este modo disminuyen, anulan o bloquean la meta y el empuje de la pulsión de saber. Esta pulsión es la que regula la necesidad de averiguar, de avanzar en lo desconocido, de apropiarse y disponer de conocimientos que constituirán un capital para el ser humano.
Todas las pulsiones (las que nos llevan a comer, a dormir, a mirar, a tocar, etc.) se sostienen gracias a su permanente energía que las conduce hacia determinadas metas: en este caso, la meta es aprender. Pero si en lugar de informarle acerca de su adopción, los padres inventan historias falsas o no responden a las preguntas del hijo, éste advierte que hay algo que “no se debe saber”, es decir, algo que no debe incorporar “en su cabeza”. O sea, que su pulsión de saber (sus ganas de aprender algo, de incorporar conocimientos) “puede ser peligrosa” porque podría perder el amor de sus padres, quienes le transmitieron, con sus silencios, que “no debe ser curioso”. Y para aprender precisan contar con la curiosidad que impulsa a incorporar nuevas experiencias y nuevos conocimientos.
Para defenderse de ese afán por saber, crean mecanismos de represión o de inhibición que bloquean la curiosidad y el interés por incorporar “cosas nuevas”, es decir, interceptan el mecanismo del aprender.
Este fenómeno se relaciona con las conductas de aquellos padres que no se atreven a informar acerca de su origen del hijo; se trata de un conflicto que los adultos no logran regular, y cuyas consecuencias recaen en el adoptivo. Entonces la escuela se convierte en el lugar donde se evidencia el problema que los conflictos de los padres provocaron.
La adopción y la historia previa del niño no constituyen en sí un motivo para crear dificultades en el aprendizaje, tampoco para sospechar que en algún momento aparecerán.
Éste es un tema complejo y continuaremos refiriéndonos a él en el próximo número.
Eva Giberti