Se cumplen en estos días 10 años del inicio de mi gestión como presidente elegido por el pueblo argentino. Todos sabemos que ello ocurrió en circunstancias sumamente difíciles para nuestro país. La gravedad de la crisis económica había minado a la gran mayoría de las familias y a la capacidad de acción del propio Estado.
Esa crisis profundizó el deterioro de la educación y nos colocaba a todos ante la inevitabilidad de decisiones impostergables: la reconstrucción implicaba necesariamente la transformación del sistema educativo en su conjunto.
Para hacerlo, contábamos con un aporte inestimable: el Congreso Pedagógico Nacional, convocado por mi antecesor, el presidente Raúl Alfonsín. Los miles de compatriotas preocupados por la educación, que participaron con entusiasmo destacable, trazaron con sus aportes las líneas fundamentales que debían orientar los cambios en ella: descentralizar y federalizar el sistema; transformar las estructuras y los contenidos de los programas de estudio; cerrar las brechas de inequidad que significan los círculos viciosos de escuelas ricas para ricos y pobres para pobres; e incrementar significativamente el financiamiento educativo.
Rescatando esas directrices comenzó la tarea de esta década; y como corresponde en la plena vigencia de las instituciones democráticas, el Congreso de la Nación dictó las leyes fundamentales: la de transferencia de escuelas nacionales, la Ley Federal de Educación y la de Educación Superior. Todas ellas fueron el producto de apasionados debates parlamentarios, de amplia participación de los diversos sectores, y de históricos consensos que permitieron finalmente sus respectivas aprobaciones, en algunos casos por unanimidad.
Estos marcos legales posibilitaron una auténtica revolución educativa que está siendo observada con admiración en todo el mundo, tal como ocurriera con la Reforma Universitaria puesta en marcha en 1918. Prueba de ello es la invitación que me cursara el director general de UNESCO, don Federico Mayor Zaragoza, para que exponga los diez años de la transformación educativa argentina durante la próxima 30ª Conferencia General de UNESCO.
La revolución educativa aseguró la real federalización del sistema escolar transfiriendo a las provincias los establecimientos que se administraban a miles de kilómetros desde Buenos Aires. Esta federalización es muy diferente de la transferencia de las escuelas primarias de 1978, ya que aseguró el financiamiento de las escuelas secundarias y de los institutos terciarios transferidos a través de los artículos 14, 18 y 19 de la ley 24049 que garantizaron no solamente el funcionamiento general de las instituciones transferidas sino también la reparación y la construcción de sus edificios; acompañados de un crecimiento inédito de los recursos enviados a las provincias a través de la coparticipación federal de impuestos. Esta revolución educativa protege, además y sobre todo, los derechos laborales de los docentes y el derecho a la educación de los estudiantes.
Para aplicar la Ley Federal, comenzó la etapa más fecunda del Consejo Federal de Cultura y Educación. Allí, los ministros de todas las jurisdicciones gobernadas por los distintos partidos políticos, formalizaron los acuerdos que reglamentan y traducen en acciones concretas la transformación, expresando con sabio equilibrio la diversidad característica de la amplitud de nuestro país, preservando la unidad nacional y la igualdad de oportunidades consagradas por la Constitución.
A partir de las leyes y los acuerdos del Consejo Federal se comenzó la vigorosa tarea de reconstrucción del sistema, fortaleciendo la escuela pública, con gran inversión en las de gestión estatal y apoyando a través del Pacto Federal Educativo a las provincias.
La inversión creció año tras año, llegando a fines de la década a duplicar la inversión anual desde el inicio del período. Crecimiento que al priorizar aquel principio de equidad se aplicó inicialmente a los eternos postergados. Por eso, se erradicaron 2.000 escuelas rancho, se construyeron más de 3.500 salas de jardín de infantes y otras tantas aulas para eliminar turnos intermedios y ampliar la escolaridad obligatoria de 7º grado a los 10 años de la Educación General Básica y el nivel Inicial.
Resultaría muy largo enumerar las acciones que en este sentido se ejecutaron en forma conjunta entre la Nación y las provincias. Libros, becas, computadoras, nuevo currículum, perfeccionamiento docente gratuito, nuevos modelos de gestión institucional, en fin, cada una de estas acciones merecería un importante párrafo porque, tal como los especialistas, docentes y la comunidad educativa venían demandando, realmente influyen en mejorar el sistema.
No fue fácil, lo sabemos. Ni para ustedes en las escuelas ni para los diversos niveles de decisión. Como en todo cambio, son naturales los temores, las dudas, las incertidumbres. Por eso tanto lamenté que a ellos se los pretendiera aprovechar intencionadamente. Cómo no recordar que se dijo que la transferencia era para municipalizar las escuelas; o que la ley votada por todos los partidos representativos era dictada por organismos de financiamiento externo; o que los operativos de evaluación eran para favorecer las escuelas privadas y cerrar las estatales.
La comunidad educativa sufrió, una tras otra, agresiones de este tipo que buscaban minar el espíritu y generar desazón con el objetivo de paralizar la transformación.
No lo lograron. Porque los argentinos advirtieron que estábamos ante una oportunidad sin precedentes de progresar para entrar mejor situados en el nuevo milenio. Y porque no dudamos en afrontar todos los costos políticos para no apartarnos del rumbo elegido por las instituciones de la República.
Por eso hoy vivimos con la alegría que producen los cientos de miles de jóvenes que están terminando su 9º año de EGB, que en otro caso estarían en la calle. Con la admiración por otros tantos docentes que se perfeccionan, que elaboran proyectos educativos para sus alumnos. Con la dedicación para facilitar la gestión de los próximos años para seguir mejorando, resolviendo uno a uno los problemas. Y con la esperanza de que los eternos negativos, finalmente, se sometan ante la evidencia.
Y lo hago desde la convicción que mucho se hizo y mucho hay por hacer; que lo hecho alimente los esfuerzos de lo que se hará.
Por todo ello quiero expresar mi reconocimiento a los legisladores que mucho trabajaron para dar las leyes fundamentales; a los ministros de todas las provincias que hicieron lo propio para construir los acuerdos; a los equipos de todos los ministerios que posibilitaron la aplicación en cada jurisdicción. Y muy especialmente a ustedes, los docentes, los padres y los alumnos que, dejando atrás tanta desesperanza, protagonizan todos los días el maravilloso hecho de enseñar y aprender que va cimentando cotidianamente esta revolución educativa que nos debe enorgullecer a todos los argentinos.