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E L C O L U M N I S T A I N V I T A D O
Guiomar Namo de Mello
La escuela del futuro: un puente de significados
sobre la vía de información
Guiomar Namo de Mello es doctora en Educación de la Universidad de Londres. Actualmente se desempeña como Directora Ejecutiva de la Fundación Víctor Civita de la ciudad de San Pablo, Brasil, y es Miembro del Consejo Nacional de Educación de ese país.
En las sociedades contemporáneas la información y el conocimiento están tornándose disponibles en un número cada vez mayor y más variado de personas. La Internet, red mundial de información que convierte al hipertexto accesible en un simple toque de dedos, es la expresión tecnológica más avanzada de un proceso que lleva más de 50 años instalándose en nuestra cultura.
Una consulta realizada al estudio de diarios y revistas, existente en cada esquina de las grandes ciudades, evidencia que el hipertexto ya es parte del cotidiano urbano. Ahí se encuentra un mundo caótico y divertido de acceso a la información: diccionarios y juegos instructivos; obras que van de la jardinería a la filosofía, pasando por actualidades políticas y científicas, ecología y otras. Todas a un costo equivalente.
A esto se suma el enorme poder informativo y formativo de la televisión y la posibilidad reciente de interacción entre los diferentes medios de comunicación para dimensionar el camino abierto por la “autovía” de la información que solamente tenderá a ampliarse y a aumentar el número de los que en ella navegan.
El avance de la tecnología de la información va a propiciar un cambio en el paradigma de la producción y divulgación del conocimiento. No es fácil diseñar con precisión el escenario del futuro, pero una cosa parece clara: el conocimiento dejará de ser monopolio de las instituciones que tradicionalmente han sido sus celosas depositarias. Vale la pena hacer un esfuerzo para resignificar el papel de los profesores y de la escuela en ese futuro próximo.
El profesor cambia de papel
Es preciso reconocer que para muchos niños de este final de milenio, la escuela ya no es la única y tal vez ni la más legítima fuente de informaciones. Consecuentemente, el papel del profesor sufrirá cambios profundos: de guardián fiel de conceptos él deberá asumir la función de dinamizador de la incorporación a los contenidos de enseñanza, de los conocimientos que vienen de afuera de la escuela.
Si quiere que a sus alumnos les guste aprender, el profesor no puede continuar aislado en su disciplina. El tendrá que ser suficientemente abierto, estimulando a los alumnos a llevar a la escuela las informaciones que el hábitat natural de la sociedad les transmite continuamente. Sólo así ellos conseguirán relacionar el aprendizaje en la escuela con el mundo en que viven.
Ese cambio de papeles va mucho más allá del cambio en la posición física del profesor en la clase –en el frente o junto a los alumnos–. A la escuela le atañe reconocer que no es posible transmitir conocimientos con la misma velocidad y atractivo de la multimedia. Debe privilegiar la constitución de un cuadro de referencia científico, cultural y ético para dar sentido y llevar a la práctica la información y el conocimiento. Construir sentidos con base en la información y en el conocimiento podrá ser la tarea más noble de la escuela en la sociedad de la información.
Se puede afirmar que si la vía de información está cada vez más presente, a las instituciones educativas les concierne construir sobre esa vía un puente de significados que permita a los jóvenes seleccionar, organizar el conocimiento y transformarlo en prácticas para intervenir en el mundo físico y social. Sólo los significados permitirán a los alumnos atravesarla sin ser atropellados por la cantidad y diversidad de informaciones que ya están congestionando nuestra visión del futuro.
¿Qué otra cosa respaldan a pesar de sus diferencias maestros como Dewey, Piaget, Vigotsky o Freinet, para citar apenas algunos? Ése es un sueño antiguo de los educadores; sin embargo hasta hoy no conseguimos que la educación escolar, como un todo, vaya más allá de la transmisión de conocimientos. ¿Será que la tecnología de la información podrá ser el elemento que faltaba?
Construcción de sentidos
La respuesta a esas preguntas dependerá de enfrentarnos a dos tipos de desafíos. Por un lado practicar formas de gestión que fortalezcan el ejercicio de la iniciativa creadora de la escuela, incluyéndose en este aspecto la gestión de la información y de los recursos financieros. Por otro lado, resignificar los instrumentos del trabajo pedagógico: currículos, métodos y programas de enseñanza y perfiles de capacidad de los profesores.
La construcción de sentidos en la escuela tendrá que ser cada vez más interdisciplinaria o transdisciplinaria. El conocimiento contemporáneo está superando las fronteras rígidas del paradigma científico del siglo pasado. La estructura del hipertexto expresa bien esa noción: en él, muchas redes pueden ser establecidas entre los hechos de diferente naturaleza; conceptos y lenguajes que les dan soporte. Currículos rígidamente disciplinaristas estarán cada vez más en disonancia con lo cotidiano del alumno. Lo “extracurricular” deberá tornarse más que nunca “curricular”: proyectos de investigación, de producción o intervención, real o simulada, en la realidad.
Situaciones de aprendizaje producen conocimientos significativos cuando inducen al alumno a referirlos a lo vivido y observado de modo espontáneo. De ahí la necesidad de apertura del currículos para la experiencia y el conocimiento existentes fuera del contexto escolar. Esa regla pedagógica es antigua: motivar al alumno a aprender requiere superar las limitaciones de transposición didáctica. Sólo que de aquí en adelante esa tarea será cada vez más compleja porque la propia información estará cada vez más presente en el cotidiano de los alumnos.
Arribar y adquirir el conocimiento puede ser un acto solitario. La construcción de sentidos implica necesariamente negociarlos con el otro: familiares, compañeros de escuela y de trabajo, profesores o interlocutores anónimos de los textos y de los medios de comunicación. Por más interactivos que éstos sean, difícilmente podrán sustituir la situación cara a cara del aprendizaje escolar, decisiva en la construcción colectiva de conocimientos, valores y disposiciones de conducta superadoras de exclusión social. Si la negociación de sentidos es importante, en la educación ella tendrá que continuar siendo hecha según los valores éticos de la democracia, del reconocimiento del otro y del respeto a los hechos. No basta, sin embargo, la media interactiva. Es preciso la intervención del educador.
Apuntar a las competencias
Los contenidos curriculares dejarán de ser fines en sí mismos para convertirse en medios de constitución de las capacidades necesarias a los ejercicios de dar sentido al mundo. El currículos se orientará hacia las capacidades cognitivas y sociales que facilitan el análisis, la inferencia, la prospección, la solución del problemas, la continuidad del aprendizaje, la adaptación a los cambios, la proposición de valores favorables a la intervención solidaria en la realidad. No es por casualidad que tales capacidades son las que agregan mayor valor al trabajo y a la participación en las sociedades postindustriales: las formas de organización de los procesos productivos y de las prácticas sociales serán, también, afectadas por la revolución de la información.
Finalmente es necesario reafirmar la importancia de la escuela. A ella le cabe constituir significados deliberados, basados en la experiencia espontánea pero que no deban capturar al alumno en la cotidianidad. El conocimiento deliberado es sistemático: sabe cómo se aprende y para qué sirve el saber. Sólo él da acceso a la universalidad de los significados socialmente reconocidos como verdaderos. Los saberes científico, estético, social, político y ético, y los valores a ellos asociados, constituyen la base de la identidad solidaria y no excluyente.
Éstos son los objetivos que la educación escolar persigue desde que Sócrates asoció la sabiduría a la virtud. La incapacidad de alcanzarlos provocó condenaciones feroces – y válidas – a la escuela y a los educadores. El desafío ahora es sacar provecho de la tecnología de la información para cumplir con éxito la misión que legaron los grandes pedagogos del pasado.
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